Porque
he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, mas la voluntad del que me envió.
Juan 6:38
Los periódicos contienen
la historia actual de la raza humana. En sus columnas se habla de hombres de
todas las latitudes, que trabajan y juegan, que compran y venden, que se casan
y se dan en casamiento. Alquilan casas y compran mercaderías, parlamentan y
hacen planes, inventan y destruyen, edifican y comercian, viajan y exploran.
¡Que ser tan inquieto y atareado es el hombre, después de todo! ¿Y por que se
afana la mayoría de ellos y hace proyectos? Para agradarse a si mismos, para
proveer a la comodidad de los suyos, a su propia felicidad, y para satisfacer
anhelos y ambiciones egoístas.
Que contraste ofrece
Aquel que abandonó el trono de su gloria para nacer en un establo de Belén. Aunque
era el Hijo de Dios, uno con el Padre Eterno, vino no para hacer su voluntad,
sino la del que lo envió. “He descendido del cielo, no para hacer mi voluntad,
mas la voluntad del que me envió”, declaro Jesus (Juan 6:38).
En otra ocasión el Salvador
dijo: “Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra”
(Juan 4: 34). Aun en su agonía moral sobre la cruz el Señor exclamo: “No se
haga mi voluntad, sino la tuya” (Luca 22:42). Jesus vivió para cumplir la
voluntad de su Padre celestial.
Si somos verdaderos
seguidores del Maestro, no olvidaremos nunca que somos enviados a este mundo,
no para realizar egoístamente nuestro deseo, sino para cumplir con la voluntad
del que nos creo. Estamos aquí con un propósito. El Señor nos necesita a todos.
Cuando seamos semejantes a Jesus, Dios ocupará el primer lugar en nuestras
palabras, pensamientos y acciones.
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